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Apoyada en el tren





Esta historia le ocurrió a Carla, una amiga que hoy tiene alrededor de 40 años, pero cuando pasó esto tendría un poco más de 20. Desde esa edad, Carla va todos los días al gimnasio. Gracias a eso tiene un muy buen cuerpo, y le gusta lucirlo usando calzas y remeras ajustadas.sta


Carla viajaba todos los días en tren desde San Isidro hasta Retiro para ir a su trabajo. Y casi todos los días era víctima de algún acosador que suponía que su cuerpo y su forma de vestir eran una provocación, y entonces estaba prácticamente “obligado” a intentar alguna forma de abuso.


No cabía nadie más en el vagón, pero la gente seguía entrando a los empujones o como fuera.


Hace como 20 años, no había números de emergencia para hacer denuncias por acoso ni botones de pánico en los celulares. Además el acoso era algo de lo que casi no se hablaba y hasta se aceptaba como algo cotidiano. Por eso Carla había desarrollado varios métodos para defenderse por su cuenta.


Como primera medida, un suave codazo en la boca del estómago. Si con eso no alcanzaba, intentaba con un codazo más fuerte. Si el atacante insistía, le pegaba con su talón en la rodilla o le clavaba el taco en el pie. Y como última medida, un golpe de talón en los testículos. Esa última medida nunca había sido necesaria. Hasta ese día.


Tren cancelado


Carla esperaba el tren en el andén de San Isidro a las 8 y 20 de la mañana, como todos los días. En aquel entonces todavía funcionaban esos trenes cuadrados y amarillos, no los nuevos celestes y blancos, modernos, con aire acondicionado, que llegan siempre a tiempo. Antes los trenes se rompían casi todos los días, y siempre en horas pico.


Ese día no fue la excepción. El altavoz de la estación anunció que el tren de las 8 y media con destino a Retiro había sido cancelado. Eso significaba que Carla iba a tener que tomar el siguiente. “Otra vez a viajar apretada como sardina en lata”, pensó, mientras tomaba su saco de las solapas y lo cerraba un poco sobre su remera, para afrontar el frío de una mañana otoñal. Como único gesto de impaciencia cruzó sus piernas enfundadas en una calza blanca e hizo bailar en el aire el taco aguja de su talón derecho.


El tren llegó finalmente a las 9 menos diez. Carla entró al vagón y se ubicó cerca de la pared opuesta a la puerta de acceso, agarrándose de uno de los barrotes verticales del vagón. Se quitó el saco y lo colgó de su antebrazo, sabiendo que pronto el calor humano se encargaría de calefaccionar el ambiente.


Un par de estaciones después ya no cabía nadie más en el vagón, pero la gente seguía entrando a los empujones o como fuera, con tal de poder viajar. Carla estaba cada vez más apretada contra el barral. Ya no necesitaba agarrarse, porque la masa de gente se encargaba de evitar cualquier posible caída.


Después de un rato sintió un leve empujón contra su espalda y la presión de un bulto contra su glúteo izquierdo. “Ya empezamos”, pensó.


Sintió un leve empujón contra su espalda y la presión de un bulto contra su glúteo izquierdo.


Antes de empezar con sus métodos de disuasión, prefirió esperar unos momentos a ver si quizás el bulto cedía sin necesidad de amenazas. Pero en lugar de ceder, como efecto del desplazamiento de la masa humana, el bulto consiguió ubicarse entre los glúteos de Carla. Justo cuando estaba preparando el codo para dar el primer golpe, un brusco vaivén del tren hizo que el bulto frotara con fuerza el medio de su culo hacia arriba y hacia abajo. Sintió un escalofrío y dejó en suspenso sus planes de defensa. La sensación no había sido del todo desagradable.


Carla sacó un espejo de su cartera y lo usó para espiar al atacante, haciendo como que controlaba su maquillaje. El tipo no estaba mal. Un poco más alto que ella, con cara de hombre maduro y serio, onda galán de telenovela. Nada que ver con los típicos “apoyadores”, que tienen caras de “serial killers” frustrados. Además emanaba un perfume suave y masculino, probablemente un desodorante que le traía recuerdos de algún buen encuentro sexual.


“Pobre”, pensó Carla. “Quizás el tipo no tuvo mala intención. Tal vez está muy bien dotado, y no pudo evitar que su paquete se ubicara justo entre mis nalgas”.


Ese pensamiento le sirvió de excusa para relajarse y dejarse apoyar. Se tomó con ambas manos del barral, que para ese entonces había encontrado lugar entre sus pechos, y separó un poco las piernas, como para que el bulto de su nuevo amigo se sintiera más cómodo. En cada estación subía más gente, que se comprimía cada vez más dentro del vagón. Sintió los pectorales de su anónimo acompañante presionando contra su espalda, y su pelvis contra sus glúteos.


Llevó su brazo a la espalda con la excusa de rascarse, y en el camino de vuelta, su mano se detuvo un momento para tantear el bulto del apoyador.


Como quien no quiere la cosa, Carla llevó su brazo a la espalda con la excusa de rascarse, y en el camino de vuelta, su mano se detuvo un momento para tantear el bulto del apoyador. Alcanzó a notar que usaba un jogging de tela delgada y que debajo del jogging no había ropa interior. Y la rigidez de su miembro daba a pensar que el tipo la estaba pasando bien. Volvió a tomarse del barral con ambas manos, mordió ligeramente su labio inferior y se dedicó a disfrutar el viaje, dejándose llevar por los movimientos del tren, de la gente y de ese órgano masculino que la frotaba por atrás.


Así siguió el viaje hasta llegar a la estación Lisandro de la Torre, la última parada antes de Retiro. La gente seguía tratando de subir al tren, en medio de forcejeos y protestas a viva voz.


Carla sabía que ese último tramo del viaje duraba más o menos 10 minutos. Era todo el tiempo que le quedaba para disfrutar de esa rara pero excitante experiencia. Con muchísimo disimulo, llevó una mano hasta su entrepierna y la ocultó debajo de su saco. Apretó sus dedos contra su clítoris tanto como se lo permitía la tela tirante de la calza. Con la otra mano se aferró con fuerza al barral, que ya desaparecía entre sus pechos, y arqueó un poco la espalda, para hacer presión contra la pelvis de su apoyador.


Cerró los ojos e imaginó que estaban los dos en un callejón oscuro, ella aferrada a un poste y con las piernas abiertas, él tomándola de la cintura o de los pechos, besándole la espalda y respirándole en la nuca.


Imaginó que estaban los dos en un callejón oscuro, ella aferrada a un poste y con las piernas abiertas, él tomándola de la cintura o de los pechos, besándole la espalda y respirándole en la nuca.


Notó que el pene de su compañero se había puesto más duro y que forcejeaba queriendo atravesar todas las prendas que impedían el contacto entre ambos cuerpos. Siguió frotando su entrepierna con dedos temblorosos, manteniendo su boca cerrada con fuerza para no dejar escapar un gemido. Sus pezones se endurecieron de manera notable. Se le hacía cada vez más difícil disimular su placer, mientras su cuerpo y el de su amigo ondulaban al compás de los movimientos del tren.


El tren frenó de golpe a mitad de camino. Carla y su acosador debieron quedarse inmóviles durante un tiempo que pareció interminable, tratando de ocultar lo que estaba ocurriendo entre ambos. Hasta que el tren volvió a arrancar, y ellos también. Parecía que el movimiento de la masa de gente se había hecho cómplice de sus actos, y los empujaba para unirlos más y más.


Carla sintió que llegaba al clímax y comenzó a frotarse con más velocidad. Instantes después, sintió una sacudida en el pene de su compañero, seguida por una sensación de ropa húmeda en el culo.


Intentó reprimirse, pero no pudo evitar que su cuerpo se convulsionara en un orgasmo incontrolable. Toda la energía que intentó contener se desvió hacia sus pies. Uno de sus talones clavó con fuerza el taco del zapato en el pie de su compañero, y el otro subió por voluntad propia hasta darle un golpe seco en los testículos. Sintió pena por el pobre tipo cuando escuchó su grito de dolor ahogado, en el mismo momento en que el tren detenía suavemente su marcha en la estación Retiro.


Intentó reprimirse, pero no pudo evitar que su cuerpo se convulsionara en un orgasmo incontrolable.


En cuanto se hizo algo de espacio en el vagón, Carla se puso el saco, a pesar de que estaba bastante acalorada, para tapar la mancha de semen que imaginaba decorando la parte posterior de su calza. Se puso a pensar si tenía alguna amiga que viviera cerca de Retiro para pedirle prestada alguna ropa para cambiarse.


No quiso darse vuelta para evitar la vergüenza de mirar al tipo a la cara. Pero en cuanto el vagón se vació, se apuró a mirar a los pasajeros que caminaban por el andén para ver si podía identificar a su galán maduro de telenovela. Se dio cuenta enseguida cuando lo vio rengueando, encorvado, y con un gesto de dolor en la cara. Él volteó a mirarla y ella le regaló una mirada de compasión. Entonces él se detuvo y amagó a volver para hablarle, pero ella inmediatamente le dijo que no con la cabeza, y el tipo debió resignarse a seguir su camino.


Que yo sepa, nunca se volvieron a ver. Es una pena, porque si hubo química entre ellos, quizás daba para más, y se perdieron la oportunidad de encontrarse de nuevo.


Sentí un poco de envidia de Carla cuando me contó esta historia, porque evidentemente la pasó bastante bien. Pero si yo hubiera estado en su lugar, el tipo habría recibido el golpe en las bolas inmediatamente después del primer contacto entre su paquete y mi culo, y la historia se habría terminado ahí.



En Tugrantentacion.com, queremos agradecer la colaboración prestada por parte del autor.


Os dejamos el link al relato original:


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